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Categoría: Infidelidad
Valor de este relato: 3.87
Enviado por: roberpeña


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MAMÁ EMBARAZADA Y EL PINTOR DE BROCHA GORDA.


Me llamo Luisma, vivo en Barcelona y tengo 15 años. Mi padre es comercial, profesión que le obliga a estar largas temporadas fuera, y mi madre es ama de casa, ambos de 35 años de edad. Mamá está embarazada y espera una bebita para dentro de poco.Fue una de aquellas largas temporadas de ausencia de mi padre cuando mamá decidió decorar la habitación para la nenita que iba a nacer. Para ello, la empresa encargada de hacerlo envió a un operario marroquí como pintor. Era un muchacho de unos 25 años, con el típico aspecto árabe: alto, delgado, atlético, bien moreno, de pelo rizado y facciones agradables. Desde el primer momento observé que durante el trabajo tanto él como mi madre se intecambiaban miradas furtivas e inquietantes. A ella le iba la mirada a la entrepierna del muchacho que, debido al calor, llevaba el torso desnudo y lucía un ajustadísimo bañador que dejaba adivinar debajo una considerable poronga. El no dejaba de mirar con cierto descaro el soberbio culo y las grandes tetas de mamá, una magnífica hembra arrubiada que hacía voltearse a los hombres por la calle, aún embarazada.
Aquella tarde, desde la ventana de mi habitación, donde me encerraba para navegar por internet después del almuerzo, pude ver como el moro hurtaba unas bragas de mi madre que estaban tendidas al sol en el patio interior. El muchacho se asomó a la ventana del cuarto de la bebita, echó una mano y, con un movimiento rápido y certero, cogió las braguitas blancas y se las metió en el bolsillo trasero del boxer. Cuando se lo comenté a mi madre le restó importancia y alegó que quizás confundiese la pantaleta con un trapo que necesitaba para limpiar los restos de pintura. Su explicación no me satisfizo, porque bien sabía que el moro las quería para pajearse a la salud de mi madre; y menos porque noté cierta complacencia en las palabras de ella. Pronto deduje que a mi madre le recalentaba el pintor, debido sin duda a la larga abstinencia sin sexo que venía padeciendo desde hacía meses por la ausencia de mi padre y la propia preñez que la mantenía excitada continuamente.¡Mamá necesitaba urgentemente una buena verga dentro de su almeja, a ver si papá regresaba pronto! Aquella extraña reacción suya tras el hurto de las bragas me puso en alerta y, movido por una curiosidad morbosa propia de un adolescente pajillero, decidí estar expectante en lo sucesivo mientras el pintor estuviese en casa.

Así fue como la última jornada de permanencia del operario en nuestro hogar simulé tener fiebre y me quedé todo el día en cama. Mamá me atendía amable y solícita y me rogaba no me levantase del lecho bajo ningún pretexto, no fuese a empeorar. Al atardecer, la casa estaba en absoluto silencio. Había cesado el sonido del televisor porque se había acabado el capítulo de la novela que seguía mi madre y tampoco el pintor hacía ruído en la habitación de la nena, contigua a la mía. Se dispararon todas las alertas ..., al tiempo que me entraba unas irrefrenables ganas de mear.

Me levanté con sigilo y me encaminé al cuarto de baño. Estaba cerrado con el pestillo interior, si bien desde el agujerito que yo había hecho hacía tiempo para ver desnuda a mamá mientras se duchaba o se rasuraba la concha, pude comprobar que el moro estaba completamente desnudo sentado sobre la tapa del water. Enarbolaba un cipote grande y venoso, rematado por un glande circuncidado, sin pellejo (habitual en los árabes) gordo y reluciente, que mi madre de rodillas engullía con delectación desde la cabeza hasta los huevos. La saliva se le escurría por las comisuras de los labios y caía a raudales por la poronga. El pintor, en pleno éxtasis, le empujaba con fuerza la cabeza para que ella tragase aquel descomunal pene hasta las amígdalas, llegando incluso a producirle arcadas.
Tras la felación, mamá se levantó, se sacó la ropa y mostró al moro su gran vientre abultado y sus tetas gordas ya repletas de leche. Este empezó a manoseárselas y exprimírselas y de los pezones empezó a salir un chafarís de lechita caliente. El moro empezó a chupárselas como un mamoncete mientras ella se ponía sobre él a horcajadas e introducía la gorda poronga en su vagina sonrosada excitada e hinchada por la preñez. Pronto empezó a cabalgar como una perra en celo. Los huevos gordos del árabe chocaban como badajos contra el coño que rezumaba jugos vaginales. El negro le seguía chupando los pechos y bebía la leche materna hasta hacerla gritar enloquecida:
- ¡Más, más, más ... Está sí es una polla!
Pero el marroquí iba más lejos: quería penetrarla analmente, la fantasía erótica de todo buen árabe. La descabalgó con rudeza y la obligó a apoyarse con las manos sobre la taza de inodoro, a lo perrito. Entonces el hijoputa mojó sus dedos en saliva y se los introdujo en el orto para lubricarlo. Y con aquel mástil moreno enhiesto y reluciente se lo metió de golpe en el ano hasta los huevos. Mamá gritó pero él acalló sus quejidos llevando su mano derecha a la concha y empezando a masturbarla con fuerza. Aquel ritmo desenfrenado en el clítoris hizo que mamá cambiase el llanto en placer:
- ¡Dame más caña, moro de mierda. Rómpeme el culo!
Así estuvo bombeando el pintor un buen rato mientras mi madre tenía varios orgasmos y su coño chorreaba abundante flujo que se deslizaba por muslos y pantorrilla. Tal debió de ser el clímax alcanzado por la mujer que aterrada gritó:
- ¡Deja de pajearme, que si orgasmeo otra vez doy a luz aquí mismo!
A punto de correrse, el muchacho sacó su verga del ano,la dirigió a la boca de mamá y le vació toda su lefada dentro, que ella sorbió hasta la última gota relamiéndose como una gata.

Yo estaba atenazado con lo que estaba viendo y empalmado como un burro por el espectáculo que divisaba por el agujerito. Tanta fue la impresión que no pude contener mis esfínteres y allí mismo me meé por encima. Mi pijama quedó empapado y un gran reguero de orina quedó en el suelo. Asustado, eché a correr y me metí en cama. Allí estaba, poniendo en orden mis ideas, cuando al cabo de un rato en la penumbra entró de puntillas mi madre. Me hice el dormido ...

Sigilosamente, se sentó a mi lado, retiró la manta y la sábana y me dejó al descubierto con mi pijama completamente mojado de orina. Ante mi sorpresa, dirigió su mano a mi entrepierna, la metió por la abertura del pijama y me sacó la polla fuera. Al momento mi verga se puso dura como el acero. Con suma delicadeza, me descapullo y empezó a masajearme. Creí volverme loco de placer. Mi pija crecía y crecía mientras me la meneaba de arriba a abajo. De repente, se inclinó y la metió dentro de su boca. Empezó a bombear mientras me acariciaba los cojones. Yo notaba su lengua hábil y resbaladiza, traté de retrasar mi eyaculación pero al poco rato como debido a una potente descarga eléctrica me corrí en su boca. Nunca en mi vida había sentido placer semejante. Ella absorbió todo mi semen con deleite, me recompuso, me volvió a tapar y se largó del cuarto como había venido.

La muy puta había comprado mi complicidad y mi silencio.


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