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Categoría: Dominacion
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Sexo en el Ejercito
Como *Javier me lo había
asegurado en nuestra primera noche, nuestros encuentros continuaron.
Estos se fueron tornando cada vez más osados, y en los lugares
más inesperados. Desgraciadamente la frecuencia de estos no era
regular, debido a que Javier simplemente no contaba con tiempo. Su alto
cargo en el Ejército lo absorbía por completo, a veces
hasta más de 15 horas diarias. No obstante los pocas "reuniones"
que teníamos, se compensaban por su gran calidad y variedad,
desbordantes en pasión y deseo. Ahora quisiera hablarles del
encuentro que sostuvimos después del primero. Recuerdo que fue
un día miércoles, a eso de las 4 de la tarde, nada más
ni nada menos que en su oficina.
Javier y yo en nuestra primera vez ya habíamos hecho los planes
para nuestra siguiente aventura. Él debía pensar en una
hora, en un momento el cual tuviese el tiempo suficiente. Además
debíamos pensar el modo de juntarnos, para no despertar sospechas,
y acordamos lo siguiente: Yo iría a verlo a su lugar de trabajo,
un miércoles, a las 4 de la tarde, "para hablar un asunto
confidencial de mi padre", que, dicho sea de paso, también
trabaja en la misma institución. Javier anotaría en su
agenda aquella hora y se la pasaría a su secretaria para que
la registrase, junto con las otras citas del día, para que así
al llegar me permitiesen la entrada. Todo estaba fríamente calculado,
nada podía fallar. Bueno, lo único frío de todo
esto era la planificación, pero las intenciones de esta eran
totalmente calientes… Los tres días previos al día
D pasaron para mí con lentitud. Lo único que quería
era la llegada del día miércoles, y darle a mi hombre
todo, esta vez en un lugar diferente, y a plena luz del día.
Y por fin, miércoles. A eso de las 3 de la tarde y algunos minutos,
me fui directo de la universidad hacia el trabajo de Javier. Llegué
a eso de 10 para las 4, y por supuesto me recibió su secretaria.
Noté como me miraba con recelo. Tenía la apariencia de
ser una señora dura, conservadora y muy amargada; y yo, con mi
juventud, belleza y sensualidad desbordante, venía a trastocar
este serio lugar. Me preguntó a qué venía y mis
datos:
" Tengo una cita con ( y digo el cargo y el nombre de mi amor,
que por razones de protección, omito en esta historia).
" Señorita. ¿Cuándo pidió la hora con
él?" " Disculpe, lo importante es que tengo una hora
con (…) para tratar un asunto confidencial y muy importante".
"Esta bien. Espere un momento que lo llamaré enseguida para
notificarle su llegada. ¿Cuál es su nombre?". "Helena
R., hija de *Alonso R.". Bueno, la secretaria le informó
a Javier de mi presencia e hizo que pasara de inmediato a su oficina,
que quedaba al final del pasillo. Llegué y me encontré
con Javier esperándome en la puerta, me invitó a pasar
y vi la impresionante oficina en que trabajaba, a la altura de su rango.
Ya adentro, Javier tomó la precaución de cerrar la puerta
con llave, y por supuesto de decirle a la amargada de su secretaria
que no le pasara ninguna llamada, ni que permitiese que alguien se acercase
a la puerta, porque el asunto a tratar conmigo iba a ser importante
y de gran "profundidad"… Primero nos miramos sin
decirnos nada, y luego de repente, nos abrazamos y besamos con pasión
y muchas ansias. Aquellos 3 días fueron milenios para nosotros,
y teníamos que ponernos al día en materia de sexo. Después
de ese gran beso, Javier me miró y me dijo: " Preciosa,
viniste vestida tal como te pedí que lo hicieses. Con la blusa
blanca y la falda escocesa corta. Te ves increíble, aunque sin
ropa te ves y te siento mucho mejor". Él tampoco lo hacía
nada mal luciendo su impecable uniforme militar, color azul oscuro,
con los accesorios típicos de alguien que ostenta su cargo; que
lo hacían verse más excitante de lo normal. El calor se
apoderó de mí, y me quité el pullover azul con
cierre que traía, y que cubría mis pechos desnudos debajo
de la blusa. Javier al verme así, decidió sacarse la chaqueta
y la camisa, las cuales tiró con energía al suelo. Se
acercó y sin dejar de mirarme, me enganchó de la cintura
por detrás y me aproximó a su cuerpo, utilizando uno de
sus firmes brazos. Lo abracé por el cuello y nos besamos con
calor una vez más. Retrocedimos y nos detuvo su gran escritorio.
Javier me soltó y con determinación botó todas
las cosas que allí había, entre fotos, documentos, lápices,
etc. Y no le importó el estruendo que se produjo, total las paredes
de su oficina eran lo suficientemente gruesas como para permitir la
salida de "ruidos sospechosos".
Ahí estábamos los dos, frente a frente parados al lado
del escritorio. Me detuve a mirar su boca y alrededores, estaban manchados
con labial rojo, labial mío por supuesto. Supuse que yo también
debía estar en ese mismo estado. ¡Qué prohibido
era todo!. Yo, la hija de su mejor amigo, en su oficina, a punto de
tener sexo con uno de los hombres más poderosos del Ejército
de mi país.
Javier me penetraba con su mirada tan sexual y segura, a la vez que
me iba desabrochando la blusa, para que quedaran ante él mis
pechos erguidos y altivos, esperando lo que vendría. Javier me
sacó la blusa y la tiró al suelo. Teniéndome a
torso desnudo, se agachó un poco, hasta que su boca quedó
frente a ellos. Sus manos se posaron en ellos, los agarró y finalmente
me los chupó. En el momento mismo que sentí sus húmedos
labios en ellos, me invadió una especie de ataque eléctrico,
que me azotó de pies a cabeza y viceversa. Arqueé mi espalda
y cuello a modo de reacción, y Javier prosiguió con su
tarea. ¡Lo estaba haciendo perfecto!.
Después se agachó más, para que su rostro quedase
al frente de mi falda, en la entrepierna. Sin sacarme la falda, sus
manos se deslizaron por debajo de esta y se toparon con mis bragas mínimas,
que estaban amarradas a los lados. Javier sólo tuvo que realizar
un simple movimiento para que las bragas cayeran con gracia al piso;
Javier las tomó y se las guardó en uno de los bolsillos
de su pantalón, que aún traía puesto. Javier volvió
a mí, pero antes me procuró deliciosas caricias por mis
piernas, las recorría de arriba hacia abajo y al revés.
Yo temblaba, sin embargo lo anterior fue nada comparado con lo que vino
después. Javier me hizo separar las piernas para luego meter
su cabeza entre ellas y con su boca buscar mi concha, la cual empezó
a chupar con entusiasmo. Sus manos las tenía posadas en mis muslos.
¡Oh, su lengua parecía de fuego¡, y me iba quemando
por dentro, y el fuego no paraba, a pesar de mi creciente humedad interna,
que brotaba por torrentes hacia el exterior. A J De repente Javier se
incorporó para abrazarme nuevamente, nos besamos, levanté
mi cabeza y él se apoderó de mi cuello, mordiéndolo
y lamiéndolo, a la vez que una de sus manos buscaba por el cierre
de mi falda. Lo abrió y esta se deslizo por mis piernas, apenas
llegó abajo, la quité de mí ipso facto. Estaba
desnuda, a excepción de los zapatos y los calcetines. Sin embargo
faltaba quitarle los pantalones a Javier. Hizo una pausa para permitir
que le sacase los pantalones. Primero le quité el cinturón,
y luego me dirigí al cierre, lo abrí, y al mismo tiempo
que sujetaba sus pantalones, también hacía lo mismo con
sus calzoncillos, y bajé ambos a la vez. Ahora los dos estabamos
en igualdad de condiciones, y me tocaba a mí… Ya fuera
de toda ropa, me dispuse a brindarle todo el cariño a mi hombre.
Me agaché y acerqué mi boca a su pecho y me puse a entretener
con sus pezones, a lamerlos por los alrededores como si fuesen helado
y a succionarlos como si fuesen hielo. Le hice cosquillas en el vientre
y no me contuve más. Me agaché más aún,
tomé sus caderas, acerqué mi boca hacia su pene y me lo
metí como rica golosina. Lo iba chupando y sacando, para darme
un respiro entre cada chupada. Mágicamente este comenzó
a crecer en mi boca. Me acordé de esos juguetes que dicen en
sus envases, "mojelos y crecerán 3 veces su tamaño".
Y aquel era mi juguete… Ahí estaba yo, arrodillada ante
el paquete de Javier, esperando los efectos de mi ordeñada bucal,
y…, toda esa leche brotó en mi cara y parte de mis pechos.
Yo no quise derrochar ni una sola gota de aquel dulce. Con mis dedos
retiraba lo que había quedado en mi pecho y me los llevé
a la boca, chupándolos uno a uno.
Después de eso, Javier se agachó y los dos quedamos al
mismo nivel. De cuclillas los dos, Javier tomó mis manos y me
echó hacia atrás en la alfombra. Yo aún tenía
los calcetines y zapatos puestos, y le dije que me los iba a quitar,
y su respuesta fue: "No linda, no te los quites. Con ellos me da
la impresión de estar haciéndole el amor a una niña,
aunque en la realidad no sea así. Y esta contradicción
me parece dulce y doblemente pecaminosa". Tendida de lleno en el
suelo, con las piernas abiertas y dobladas, apoyando mis pies completamente
en el piso. Javier se echó encima de mí. Me tomó
de la cintura con una mano, y con la otra iba acariciando partes sensibles
de mi cuerpo, a la vez que no paraba de besarme las orejas, la boca,
la barbilla, el cuello, etc. Yo me sentía lista para su embate.
¡Lo deseaba tanto!. Desesperadamente le agarré el trasero,
y creo que ese fue el gesto mágico que logró endurecer
su pene una vez más, para luego darme con todo. Al penetrarme,
no pude evitar emitir un gran gemido, acompañado de algunos gritos
de hondo placer. Yo me preocupe un poco, ya que podrían oírse
desde afuera. Javier me dijo: "Helena cariño, puedes gritar
y gemir todo lo que quieras, ya que nadie podrá oírte,
a excepción de mí". Aquella frase, sacada de contexto,
podría haber parecido violenta, dirigida a una víctima
por parte de su violador. Cuando la pronunció, utilizando una
voz más profunda de lo habitual, me excité muchísimo.
Para hacer la penetración más fuerte, yo empecé
a levantar mi pelvis, al tiempo que Javier bajaba la suya. Primero lo
hicimos de atrás hacia delante y después yo la moví
en el sentido de las manecillas del reloj, y Javier lo hacía
en el sentido contrario. La fricción que se produjo dentro de
mí se incrementó a niveles pornográficos. Terminó
acabando magníficamente dentro de mí. Nos abrazamos y
esperamos la calma antes de hacerlo nuevamente. Sus besos y caricias
se tornaron más pausados, al igual que las mías. Y lo
que más me fascinaba, era sentir su honda respiración
y escuchar sus embriagadoras palabras: "Te deseo tanto Helena.
Cuando te lo hago me siento el hombre más feliz de la tierra.
Tú eres mágica. Quien iba a pensar que a estas alturas
del partido, la vida me tenía esta gran sorpresa, tú,
toda para mí". Y yo no podía creer que esto estaba
pasando. Yo, en los brazos de un hombre con experiencia, atractivo,
inteligente, deseado, poderoso…, lo máximo.
Después de la tormenta vino la calma, como había dicho.
Sin embargo esta no iba a ser la única tormenta de la jornada.
Las cartas recién se estaban jugando… Quedamos exhaustos,
echados en la alfombra. Javier aún estaba sobre mí, y
no lo reprochaba, al contrario. Sentir el peso de su cuerpo era increíble,
la transpiración de ambos fundidas en nuestra piel, sentir el
sonido de la respiración agitada, y de los latidos de nuestros
acelerados corazones, en general disfrutábamos de la atmósfera
de calentura imperante.
Pronto Javier reiteró los besos y los abrazos, por detrás
de los hombros y de la cintura; me invitó a incorporarme junto
a él. Yo enganché mis piernas debajo de su espalda, y
él me apegó a su cuerpo. Se puso de pie conmigo en sus
brazos, caminó y se dirigió hasta el escritorio, despejado
previamente, donde me depositó con gracia. Este era enorme, de
ébano, cubierto con un grueso vidrio, que al hacer contacto con
mi piel húmeda, quedó todo marcado y mojado, además
de hacerme estremecer por lo helado. Me dejé caer en el, Javier
se puso perpendicularmente al lado mío, contemplándome
con deseo. Luego abrió uno de los cajones del escritorio y sacó
de este una pluma. Situado a mi lado me dijo: "Haré que
tú carne hierva, arda…, para poder comérmela
gustoso…". Con la pluma, Javier me procuró mimos
en todas las zonas de mi cuerpo, partiendo por las orejas, los labios,
el cuello, los hombros, las tetas, el vientre, el ombligo, las caderas,
la entrepierna, etc. E inmediatamente después que la pluma se
deslizaba por estos lugares, su boca los iba besando para intensificar
aún más las sensaciones. El vidrio del escritorio se mojó
por completo por la transpiración y hacía resbalarme.
Tiritaba, y ya sentía que un orgasmo explosivo me invadiría.
De repente, me dieron ganas de chupársela…, me di vuelta
boca abajo, y quedé con la cabeza colgando, y le pedí
a Javier que se posase al frente de mí, con toda su arma dándome
en el rostro. Estiré los brazos, coloqué mis manos en
sus caderas con fuerza y me introduje su sabroso caramelo a la boca.
En esta ocasión, traté de variar con distintas chupadas,
tanto en el lugar como en la forma de estas, por ejemplo combinando
diferentes grados de presión y succión. Javier estaba
disfrutando como nunca este Apenas hubo terminado, decidió tenderse
encima de mí, en el escritorio claro esta. Su motor estaba a
mil por hora, y recibí sus encendidos besos y sus abiertas caricias
con júbilo, y por supuesto que yo también lo premié
con cariño ardiente. Mi cuello estaba tenso, y eché la
cabeza hacia atrás. Javier se apoderó de mi cuello a lamidas
y succionadas, al igual como un vampiro sediento. Yo creí perder
la razón en ese instante… Me levanté un poco
y apoyé mi nuca en el escritorio. Abracé a Javier con
desesperación y le susurré muy ardiente al oído:
"Estoy abierta para ti, para que me tomes en este instante…,
quiero sentir tu carne caliente en mis labios calientes…".
Y Javier reaccionó, aunque en vez de penetrarme, me tomó
de la cintura e hizo que me levantara. Me quedé sentada en el
borde del escritorio, con las piernas colgando. Javier tomó asiento
en su enorme silla reclinable y movible de cuero legítimo, y
esperó a que yo me montase en él, cosa que hice de inmediato.
Me puse frente a él, con las piernas muy separadas y mi concha
muy pegada a su paquete. Mi ser entero tratando de fundirse con él.
Juntitos así, nos acariciamos y besamos como siempre, como siempre
nos gustaba, ambos procurábamos decirnos cosas sucias, de excitarnos
física y espiritualmente. Yo necesitaba liberar energía,
además de ser atravesada una vez más, por lo cual empecé
a saltar, como si estuviese montando un caballo desbocado, y con cada
saltada, sonaba la silla de cuero, y el cuerpo de Javier se estimulaba
para mí, para darme lo mejor de sí. Yo estaba hirviendo,
mi temperatura sexual era la misma del infierno en pleno verano. Me
sujeté muy bien de Javier con uno de mis brazos, y el otro lo
bajé a su entrepierna, para sobársela sin compasión.
Javier estaba tan fuera de sí, que pensé que se estaba
ahogando, por las grandes bocanadas de aire que intentaba tomar, y yo
no paré hasta que se me durmió la mano. Con resignación
la saqué de allí y esperé…, creí
partirme por la mitad cuando él me atravesó con su lanza
carnal. El impacto hizo que me doblase como un papel, y liberé
un grito tan intenso, que me llegó a desgarrar la garganta. Javier
acabó dentro de mí, pero en esa posición, yo sentada
sobre él, parte del líquido lechoso cayó entre
medio de sus piernas, m Nos quedamos inmóviles en la silla, reposando
de nuestro intenso polvo. Me aproximé más al cuerpo de
mi hombre, el aroma que emanaba de su piel era cautivador, era aroma
a hombre ardiendo, a hombre en celo. ¡Cómo me gustaba…!.
Al tenerme tan cerca, otra vez me comió a besos y me invadió
con sus fogosos manoseos, aunque más reposados, no dejaban de
ser delirantes. Yo, con ese tono propio de hembra caliente y dispuesta,
le dije: " ¿Por qué no despides a la amargada que
tienes por secretaria?. No me gustó el modo en que me recibió,
la manera cómo me miraba…". " Es que sabes
querida, aquí en la Institución el personal femenino que
se contrata, es de un tipo tal, que no deja caber la posibilidad alguna
de provocar tentaciones en el sexo opuesto, así con esta medida
nos ahorramos líos de faldas. Por ejemplo, si tuviésemos
secretarias como tú, si yo te tuviese como secretaria, pasarías
en mi oficina…, dándote todo el día…".
Se acercó su boca a mi cuello para mordérmelo, cuando
de repente me soltó de improviso: " ¡ Mira la hora
que es, son 10 para las 5, maldición, yo tengo una reunión
en 20 minutos más acá! ". Más que rápido
nos levantamos, para vestirnos primero que todo y ordenar el lugar.
La oficina de Javier contaba con un baño individual, allí
me fui a vestir y a retocarme, porque como comprenderán, después
de la grandiosa sesión de polvo que nos pegamos con mi hombre,
mi pelo, mi piel habían quedado en un estado deplorable. Me vestí
y busqué en mi bolso un cepillo, y empecé a ordenar mi
cabello, tal cual lo había traído al llegar, y un detalle
muy importante, el labial. Tanto Javier como yo teníamos labial
esparcido por nuestras bocas y alrededores. Pero como chica precavida
que soy, llevé crema de limpieza y ambos nos quitamos los restos
de labial que nos delataban, y yo procedí a pintármelos
tan pulcramente como estaban antes de ser besados. Todo estaba bien,
con excepción de otra cosa, ¡mis bragas!, no sabía
dónde estaban las desgraciadas, le pregunté a Javier por
ellas: "¡Javier, mis bragas no están!. ¡No pretenderé
irme a trasero pelado a la calle…!". Javier me miró,
a la vez que se reía y me dijo: " Mi amor, acá están".
Dijo esto a la vez que sacaba mis bragas desde uno de los bolsillos
de su pantalón. Se me había olvidado que cuando me las
quitó, él se las había guardado en sus pantalones.
Ya los dos vestidos correctamente, nos dispusimos a ordenar el desbarajuste
que era su oficina.
Limpiamos el escritorio, que estaba manchado, después recogimos
las cosas del suelo y las pusimos en su orden original, desmanchamos
la silla de cuero legítima, ordenamos la alfombra, etc. Daba
la impresión de que nada había ocurrido, sin embargo ambos
sabíamos que en vez de nada, la palabra era todo. Eran las cinco
con cinco minutos y Javier me dejó en la puerta, me hubiese gustado
despedirme con un gran beso, pero mis labios ya estaban pintados. No
obstante Javier para compensarme, agarró mi cintura, me acercó
a su cuerpo, aproximó su boca a mi cuello y lo besó con
lujuria. Aquella fue una de las succionadas más intensas que
he recibido. Al terminar me dijo: " Cuídate Helena, y…nos
estamos viendo en una próxima ocasión…".
Yo me despedí, dándole una fulminante mirada, llena de
satisfacción. Antes de irme, me despedí cínicamente
de su secretaria: " Hasta luego, mucho gusto". Le dije, mientras
caminaba triunfante hacia la salida. "Adiós señorita".
Me dijo, mirándome con sorpresa y recelo. No se tragaba el cuento
de mi visita confidencial. Suponía que mis intenciones no eran
tan inocentes, y que, total no tenía pruebas, y si se le hubiese
ocurrido hablar, de seguro que se mete en un lío, tanto con Javier
como con mi padre. Después de aquel encuentro, al salir a la
calle, sentí que el día estaba más lindo que nunca…
¿Fin? Barbalina barbalina@hotmail.com (*) Algunos nombres han
sido cambiados, para proteger a los verdaderos protagonistas.
Autor: barbalina
barbalina@hotmail.com



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