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Categoría: Azotes
Valor de este relato: 3.00
Enviado por: elzorro333


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La Alternativa (primera parte)


La alternativa (Primera Parte)

Juan
El metro paró en la estación llena de gente con un leve chirrido. Hombres y mujeres se agruparon en torno a las puertas, intentando dejar un estrecho pasillo de salida. Las puertas se abrieron y un número reducido de personas abandonó el vagón ante la atenta mirada de los que esperaban fuera. Juan entre ellos.
Juan era un hombre de mediana estatura, que pasaba de los cuarenta, vestido con camisa y pantalones vaqueros y que para más señas llevaba un pequeño maletín. No sin dificultad, logró entrar en el vagón y agarrarse con la mano derecha a uno de las cálidos asideros de los asientos, manteniendo el maletín como escudo. Durante unos interminables segundos, más gente accedió al vagón, apretujándose sin miramientos con los que ya estaban allí dentro.
Las puertas se cerraron y el tren, con un sonido característico, dejó escapar gas e inició su marcha. Juan, atraído por un fuerte olor a perfume femenino, miró por el rabillo del ojo a su derecha donde una chica alta, enfundada en un vestido negro, se sujetaba agarrada a la barra que tenía a poca altura de su cabeza. Más adelante un chico, que vestía pantalones caídos, dejaba a la vista gran parte de los calzoncillos blancos que usaba. A su lado, dando la espalda a Juan, un hombre de pelo rizado se encontraba "inmovilizado" junto a una chica morena de corta estatura y generoso trasero.
El tren se detuvo en medio del túnel, alguien suspiró, otro pasajero se quejó. "Parecemos sardinas enlatadas" comentó mientras otros pasajeros se mostraban de acuerdo con el que hablaba con frases similares. Juan miró a una chica de pelo largo que leía un libro sentada, a su lado un joven miraba por la ventana y frente a ella dos extranjeras de piel blanca hablaban en alemán. El tren "ventoseo" por enésima vez y reanudo la marcha, para parar poco después con algo de brusquedad y volverse a poner en marcha de nuevo. Mientras tenían lugar estos movimientos, Juan notó la cálida presión de algo blando sobre sus nalgas. Se movió un poco y al poco rato la persona a su espalda se movió ligeramente también, provocando un nuevo roce. Se oía el murmullo de conversaciones cruzadas. Juan, concentrándose, intentó reconocer, sin mucho éxito, la voz de la persona que se encontraba a su espalda, si después de todo era una de las que hablaba. De nuevo el roce, que lejos de ser incómodo provocó cierto cosquilleo en sus partes. Por fortuna, el maletín podía cubrir cualquier amago de erección, la chica de pelo largo levantó la vista de la lectura. Por un momento, Juan pensó que había notado su leve estado de excitación y de un momento a otro iba a acusarlo de algo. "Eso es imposible" recapacitó un instante después, centrándose de nuevo en intentar averiguar a quien pertenecían las nalgas, porque algo tan redondo y placentero tenía que ser el culete de alguien.
"Próxima estación ..." anunció una voz grabada mientras el tren salía del tunel. Instantes después, el vagón se detuvo y las puertas se abrieron y poco a poco se apearon gran parte de los pasajeros. Juan se volvió en cuanto pudo llegando a ver a una mujer de media melena, rostro agradable y que usaba gafas, un hombre no muy alto en traje y un par de chicas, una con pantalones blancos ajustados y la otra con mallas, todos ellos caminando con brío hacia la salida. "Por poder ser podrían ser las posaderas de cualquiera de ellos, incluso las del hombre trajeado" sopesó Juan.
El vagón quedó medio vacío, los pasajeros, imitando a los gases, se separaron unos de otros, desperdigándose y ocupando todo el volumen disponible. Las puertas se cerraron y el tren reanudó la marcha. En la siguiente estación Juan se apeó y consultó su reloj por primera vez , una mueca de alarma se dibujo en su rostro al comprobar que llegaba tarde al trabajo.
Cerca de allí, en un banco de la estación, una pareja, sin importarles estar en un sitio público, se besaban en la boca. Ella sentada a horcajadas sobre el regazo de su hombre, él, con ambas manos apoyadas en el pompis de su chica, a la que, de vez en cuando, daba un suave azote. Esta "inocente" acción, lejos de interrumpir el momento, hacía que la mujer se mostrara, si cabe, más apasionada.
Juan llegó a la oficina diez minutos después. Nada más entrar por la puerta, su jefe le invitó a pasar a su despacho. Sonia, la becaria que trabajaba con él, ya estaba allí. La charla duró diez minutos, en los que Sonia se llevó una buena bronca por haber entregado un informe erróneo. En su defensa, la chica alegó que llevaba solo mes y medio en el trabajo, que había puesto toda su atención en la elaboración del documento y que Juan, con más experiencia, debería haber revisado el texto. Sonia podría ser nueva, pero se las sabía todas. Además, tenía parte de razón, ya que el responsable era Juan, Juan, que pese a su experiencia había confiado en Sonia, sobreestimando su destreza, la veía tan segura y preparada que se había saltado la comprobación. Si hubiese hecho su trabajo, habría detectado el error, le habría echado un rapapolvo a Sonia y no hubiera llegado el tema a mayores.
Sonia abandonó la sala y se quedaron Juan y su jefe a solas.
- ¿Y bien Juan? que hacemos ahora. Sabes cuál es la política de la empresa. Vamos a perder un cliente y la culpa la tienes tú. Además llegas tarde a la oficina precisamente hoy, con la que está cayendo. -
Juan miró al suelo, incapaz de aguantar la mirada de su jefe; la verdad es que no tenía nada que decir en su defensa.
- Juan, mírame cuando te habló por favor. Sé que eres un empleado modélico, llevas años en la empresa... pero un error así... vamos, con tu experiencia. Sonia es Sonia, sabemos como es, y lo hace bien. -
- Sí es verdad, lo hace muy bien.- condescendió Juan.
- Pero se puede equivocar y tu estas para verlo. ¿No es así? -
- Bueno - prosiguió el jefe de Juan - Sabes que una opción es despedirte o descontar de tu sueldo lo que vamos a dejar de ingresar... Pero en mi opinión esto no arregla nada de nada. -
- Ya- murmuró Juan.
- Y de rositas no puedes salir... He visto que estas inscrito en el "protocolo voluntario alternativo" -
- Sí. -
- Para mí es una opción válida. Para eso esta, como alternativa a otras medidas... y quizás... quizás cure tu falta de atención. -
- Sí... supongo que sí.- concluyó Juan de manera mecánica.
- Veremos. Bueno, entiendo que das tu ok y a partir de este momento queda activado el protocolo, déjame ver - Continuó el jefe de Juan mientras tecleaba algo en el portátil.
- Bien, todo cerrado, tienes cita mañana a las 11. Te envío la dirección y los detalles por email. ¿ok?-
Poco después Juan abandonó la oficina.
- ¿Qué te ha dicho el jefe? - le interrogó Sonia en la cocina mientras preparaba una taza de café.
Juan guardaba silencio.
- De verdad... lo siento, me gustaría no haber metido la pata... pero eres mi supervisor. - continuó Sonia leyéndole la cartilla.
- Lo sé. - respondió Juan mortificado.
- Te van a... te van a despedir. - añadió Sonia mostrando una genuina preocupación por su supervisor.
- De momento no, ya veremos. -
- ¿La alternativa?. - interrogó Sonia.
- Sí. - Respondió Juan tratando de ocultar su ansiedad sin éxito.
- No te preocupes, no diré nada. Mañana puedo ser yo. - prosiguió Sonia.
- ¿Tú?- Espetó Juan.
- Sí, yo, yo también estoy en... - respondió Sonia. - Bueno, ya sabes, supongo que la mayoría lo estamos.-
-Supongo - concluyó Juan.


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